La balada de un Cursi

No amo las masacres.

Tampoco las pistolas o los rifles de moda.

No quiero dinero. No quiero ser macho.

No veo la televisión.

No quiero que me tomen una foto

mientras lanzo piedras contra la policía.

No quiero ser dueño de un concepto

ni satisfacer cada antojo con un aparato electrónico.

Quiero comer tortillas hechas a mano,

y quiero aprender a hacerlas. Quiero trabajar.

Quiero bailar y perderme con alguien

a veces con destreza en el tumbao.

Quiero nombrar a los masacrados

y a los asesinos y evitar que se disuelvan

esos nombres todos revueltos en una urna.

Quiero luchar.

Quiero leer. Quiero escribir.

Que es otra manera de decir,

y no la única,

que quiero conversar, paulatinamente.

Y quiero amar, ahora sí, con el corazón

con el músculo, no con la idea abstracta.

John Gibler, 20 poemas para ser leídos en una balacera, Editorial Sur +, 2012

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Ningua Eternidad como la Mía

– Pruden, ¿qué hice yo mal ?¿Qué le hace falta?

– Le sobras tú, niña- dijo Prudencia Migoya jalándola de una mano para sentarla junto a ella-. Cuando los hombres inventan irse de repente, cuando pasan sin aviso de la adoración al desapego, es cuando ven a su mujer más crecida de lo que soportan. A Corzas le pesa lo buena que eres en tu oficio, le sobra tu avidez, tu certidumbre de que no hay imposibles, tu querdedad y hasta su certeza de que podrías vivir sin él.

– Mentira, no puedo vivir sin él – dijo la niña Arango.

– Claro que puedes. Y a eso le tiene pavor este hombre, al día en que te canses y lo dejes. Prefiere irse él primero que quedarse a esperar cuándo te vas.

– ¿Cómo sabes eso? Yo no me quiero ir, a ningún lado – dijo Isabel recuperando las palabras.

– Una parte de ti no se quiere ir, la otra esta yéndose hace rato.

Mastretta, Ángeles; Ninguna Eternidad como la mía

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